Desmemorias de un accidente

[Copia de un email que envié a mis amigos el 13 de Octubre de 2010]

Problema: Un automóvil parte del punto “A” con velocidad de 30 km/h. Una bicicleta, que ha salido del punto “B”, circula con movimiento uniforme y rectilíneo a 20km/h. El automóvil se salta un stop y las trayectorias de ambos vehículos se interceptan, con ángulo recto, en el punto “C”.

Pregunta: ¿Cómo se apellida el ciclista?

Solución: Sicilia.

No me pasó nada de nada. Un par de volteretas en el asfalto, pero ni un rasguño. Así que no preocuparse, que soy de a menos de 100 km. de Bilbao, la hostia. Tuve mucha suerte, porque en mi actual situación económica, hasta el testamento me hubiese salido a pagar.

El conductor decidió no parar y dejarme tirado en el asfalto. Que le vamos a hacer, el hombre no era un fans de Mahatma Gandhi. La policía lo detuvo mansamente 200 metros más adelante. Esto sí que me dolió: si me atropellas a lo James Bond, lúchate al menos una persecución policial digna. Un mínimo de estilo por respeto a la víctima.

Resultó ser un chinillo de unos 60 años, diminuto y con aire inofensivo. La policía no me permitió acercarme a saludarle. Incomprensible, pues yo sólo quería pedirle un autógrafo al señor Miyagui.

El médico de la ambulancia me miró el cuello, y luego me pidió que hablase un poco. Se quedó blanco. Imagínate: el tipo estaba esperando una frase en el inmaculado inglés del Cambridgeshire y lo que salió fue un gruñido en mi peculiar dialecto neanderthaliensis. Por un instante, debió pensar que me había destrozado el cortex frontal. Su angustia desapareció al tiempo que subrayaba lo evidente: “Sir, you’re not english, right?”.

Más verguenzoso fue responder a su siguiente pregunta: “How do you feel?”. El cuerpo me dolía por todos lados, algo que parece razonable tras hostia semejante. Pero, lo que me preocupaba de verdad, es que me había entrado un hambre atroz. En situaciones de estrés, hay quienes se ponen violentos. A otros les da por llorar sin control. A mí, por lo visto, me entran ganas de comer. “Hungry, very, very hungry”. Al médico lo que le entraron fueron unas ganas tremendas de descojonarse. No se cortó un ápice el muy cabrón.

He dicho antes que tuve suerte. Quizás estoy equivocado. En términos profesionales, desperdicié la oportunidad de ponerme al nivel de Stephen Hawkings. En términos económicos, también hubiese sido muy injusto morir en ese accidente: con el dinero que me gasto en tabaco, me merezco, al menos, un cáncer. Y desde la perspectiva geopolítica, mi muerte hubiese sido profundamente irónica: atropellado por un chino el día después de que otro chino recibiese el Nobel de la Paz por primera vez en la historia.

Cuando suceden estas cosas, reconsideras tu existencia. Después de tres días de profunda y sincera introspección, he llegado a la conclusión que sólo cambiaría dos cosas de mi pasado. Si hubiese sabido que podía haber sido el último desayuno, en vez de unas miserables galletas del Carrefour, me hubiese enchufado unas tostadas de caviar y tomate. También me habría afeitado y cortado las uñas. Para estar presentable en la autopsia. Que los médicos pudiesen decir: respirar, no respira, y feo, mira que era feo el condenado, pero oyes, que arregladico y aseao.

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