La verdad de un actor

Philippe Peyran Lacroix me enseñó el significado de “la verdad” en la interpretación teatral.

Yo llevaba 4 años en París y dedicaba mis noches al teatro. Había actuado con varias compañías, pero un concepto de la interpretación me desconcertaba: ¿qué era “la verdad” sobre un escenario?

Los directores lo repetían a menudo: “en la tercera escena has sido verdadero, pero lo has perdido en la quinta”. Al principio, me parecía fascinante que alguien tuviese la sensibilidad para detectar “verdades” sobre un escenario. Pero según pasaba el tiempo y conocía a otros directores, aquello de “la verdad” comenzó a parecerme una milonga de Pekín.

Los seres humanos nos sentimos incómodos frente a un hecho que no sabemos nombrar. Por eso nos aferramos al lenguaje en el tempestuoso océano de la realidad. Concluí que cuando a los directores les desagradaba “algo” en una escena, pero no sabían explicar qué, necesitaban ponerle nombre y recurrían al término más grandioso: “la verdad”. Así, las discusiones terminaban con el director rebosando un aúrea de maestro zen y el actor asemejándose a un chimpacé retardado.

Fue entonces cuando un compañero me habló de Philippe.

Philippe era un discípulo de Sanford Meisner, un maestro americano de la interpretación por cuyo estudio pasaron actores míticos (Peck, Duvall, Pollack, McQueen) y dramaturgos legendarios como Arthur Miller y David Mamet. Philippe acababa de regresar a París y había inaugurado una escuela de teatro.

Antes comenzar las clases, nos pidieron memorizar el soliloquio inicial del Ricardo III de Shakespeare. La primera lección consitió en subir al escenario, uno por uno, para intepretar el inmortal “Now is the winter of our discontent …“. Philippe advirtió que no haría ninguna valoración y que el ejercicio consitía en que estuviésemos muy atentos a las interpretaciones de los demás compañeros.

Comprendimos porqué el segundo día.

Ahora el ejercicio era el siguiente: uno por uno, debíamos sentarnos en la silla que ocupaba el centro del escenario y relatar a los compañeros una experiencia vital que nos hubiese marcado profundamente. Cada cual podía tomarse el tiempo necesario y subir al escenario cuando se sintiese preparado. Lo que allí se dijese no saldría nunca de esa sala. Pasó un buen rato antes de que alguien se lanzase.

En las dos horas que siguieron, aprendí más teatro que en los cuatro años anteriores.

Las pausas en el discurso, la profundidad de la voz, la tensión en el rostro de quien tomaba la palabra eran arrolladores. Su intensidad absorbía plenamente la atención de quienes estábamos sentados en las butacas. Después de cada testimonio, un silencio hondo y sincero colmaba la sala.

En comparación, nuestras interpretaciones de Ricardo III habían sido farfulleos sin carne ni verdad.

Y sin embargo, en su soliloquio, Ricardo nos revela una terrible angustia por ver a su hermano feliz y coronado rey de Inglaterra. El trono le ha escapado por sus terribles deformidades físicas, por ser un “ponzoñoso reptil jorobado, deformado, inacabado, envíado a esta tierra antes de tiempo”.

Ése es el desafío del actor: alcanzar el ímpetu de su sinceridad personal en una historia ajena.

Lo que me fascina del teatro es su capacidad para iluminar los matices de la condición humana sobre algo tan jodidamente artificial como un escenario.

Imaginad que llegase un extraterreste y nos pidiese que le explicásemos nuestro mundo. Seguramente podríamos hacerle comprender la tensión entre dos amigos que discuten en la calle, el dolor de una madre que llora frente a la tumba de su hijo o el júbilo de quienes se abrazan en una cama.

¿Pero cómo explicar que doscientos desconocidos se juntan para reir o llorar en una sala? Doscientas personas que se estremecen viendo una mentira, porque lo que ocurre en el escenario es pura mentira. Y lo más disparatado: esas personas abren su alma a unos seres que ellos mismos saben que no existen.

Dicen los antropólogos que todas las sociedades humanas, en todos los tiempos y todos los lugares, han inventado maneras de contarse, de soñar y sentir juntos.

¿Cómo explicar que la verdad humana se esconde bajo una descarada mentira?

22 pensamientos en “La verdad de un actor

  1. Creo que más que “el qué”: ¿verdad o mentira?
    O el “cómo”: en la vida o en el teatro.

    Es el “desde dónde” lo cuentas..tiene muchísimo poder.

    Magnífico post
    😉

    Domingo

  2. Que bien que las sociedades humanas hayan inventado maneras de contarse… que generosos los seres humanos que cuentan… que suerte tenemos el resto…

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  4. Tío, este artículo es cojonudo. Cojonudo. Tuve una temporada en que tonteé en con el teatro por ese atractivo que tan bien describes: ser “verdadero” a la vez que “falso”, encontrar la verdad siguiendo una mentira.

    He descubierto hoy tu blog y no he parado de leerlo.

  5. Muy buen articulo. Lo que usted cuenta es el abc de nuestra profesión y que debería ser enseñado en cualquier escuela o conservatorio de teatro. Se necesita un cierto coraje o valentía para ser actor con mayúsculas y no todo el mundo tiene ese coraje. Las escuelas de teatro están llenas de turistas que no están dispuestos a buscar su propia verdad. Un actor puede en el teatro exhibir un arma auténtica con auténticas balas en el cargador disparando de verdad sobre su enemigo y matándolo de verdad y el público puede no creerle ni por un instante. Hace falta además ese coraje: saber utilizarnos a nosotros mismos.

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