Llorar a un principito desde la cima de Peñalara

(Perdonad por un post tan personal, pero necesitaba escribirlo después de un día muy intenso)

El marsupio en la montaña cuando tenía la misma edad que Ahmed, el principito de Alepo.

El marsupio en la montaña cuando tenía la misma edad que Ahmed, el principito de Alepo.

Esta mañana, al alcanzar la cima de Peñalara, he lanzado los brazos al aire, puños apretados, y de mi interior ha brotado un salvaje aullido de éxtasis. Me he sentado a contemplar el paisaje mientras recuperaba la respiración. Segundos después, he roto a llorar.

Tenía a mis pies la Sierra de Guadarrama cubierta de nieve, iluminada por la delicada luz de una espléndida mañana de invierno.

Rodeado de tanta belleza, me ha golpeado de repente la ausencia de Ahmed, mi principito de Alepo, y la idea de que quizás él nunca tenga la fortuna de contemplar un panorama como el que resplandecía frente a mis ojos.

Mi padre me descubrió las montañas cuando yo tenía la edad de Ahmed. Desde entonces, las entrañas me exigen con regularidad visitar estos paisajes. Cuando salí de Siria, sabía que una de las primeras cosas que haría al llegar a casa sería ir a la montaña.

Cuando estaba en Alepo, rondaban mi cabeza algunas preguntas sencillas para las que no tenía respuesta. O quizás sí que conocía las respuestas, pero eran demasiado jodidas de aceptar.

¿Por qué criaturas como Ahmed tienen que criarse en lugares dominados por el miedo y el dolor, mientras yo he sido tan afortunado? ¿Cómo pueden existir, en tiempos idénticos y en un mismo planeta, ciudades quebradas por la guerra y paisajes de montaña tan majestuosos? ¿Por qué no puedo hacerle descubrir a mi principito estas montañas igual que hizo mi padre conmigo?

Diez días después de volver, sentado en la cima de Peñalara, estas preguntas no sólo rondaban mi cabeza sino que comenzaron a golpear directas a mi estómago.


El secreto del autocontrol

Fotografía de Candida Abrahamson.

Son las 2 de la madrugada del domingo y apenas he comenzado a escribir esta entrada. He tenido toda la tarde para trabajar en ella, pero mis amigos me llamaron para ver la final olímpica del balonceso y pensé “bueno, en cuanto acabe el partido me pongo a escribir”. Terminó el basket y mis amigos propusieron salir a cenar. ¡Sorpresa!, mi voluntad volvió a doblegarse.

“¿Y a mí, qué me importan las debilidades de tu alma?”, preguntaréis. El caso es que lo ocurrido me ha empujado a hablaros de un fascinante experimento científico sobre el autocontrol y la fuerza de voluntad.

A finales de los años 60, Walter Mischel, profesor de psicología en la Universidad de Stanford, intentaba resolver el siguiente enigma: ¿por qué algunas personas son capaces de resistir ante las satisfacciones inmediatas mientras otras sucumben a ellas, aunque las sepan dañinas en el largo plazo? Mischel estaba convencido de que este rasgo de la personalidad se forjaba durante la niñez y comenzó su experimento en un lugar muy peculiar: la guardería donde dejaba a sus hijas durante la jornada laboral.

A cada niño se le proponía el siguiente reto: debía permanecer sentado en una habitación frente a una gominola. Si era capaz de resistir sin comérsela hasta que el profesor volviese quince minutos después, sería recompensado con otra gominola. Más de la mitad de los niños acabaron comiéndose la gominola en menos de 3 minutos y sólo el 30% superó la prueba.

El experimento reveló su importancia muchos años después. Mischel siguió la vida de los niños durante dos décadas y descubrió que quienes habían sucumbido más rápido al test eran aquellos que presentarían más problemas emocionales en el futuro. A esos chicos les costaba mantener la atención, manejaban peor las situaciones de estrés y tenían más problemas gestionando sus relaciones de amistad.

Quince años más tarde, los chicos que habían aguantado sin comerse la gominola obtuvieron 200 puntos más de media en el SAT, el test estándar que se utiliza para la admisión en las universidades norteamericanas.

No os perdaís el vídeo al final de esta entrada. Los rostros de esos niños frente a la gominola son quizá la metáfora más divertida y precisa sobre los rasgos de la voluntad humana.

Por cierto, espero que ninguno de vosotros se haya puesto a leer este blog mientras debería estar trabajando. En tal caso, sabed que también habéis perdido la gominola que guardaba para vosotros.

Nota: aquí podéis leer el estudio original.

El desalojo de Sol y la mayor humillación de mi vida

(Nota: también podéis leer esta crónica en Periodismo Humano)

Ayer caminé hacia la Puerta del Sol lleno de ilusión. Era mi primer 15M y, además, mi buen amigo Alberto Senante me había propuesto que le echase una mano con su retransmisión de las concentraciones para Periodismo Humano. Después de una tarde muy hermosa, acabé humillado por un inspector jefe del cuerpo de antidisturbios.

Antes de relataros mi experiencia, permitidme compartir dos reflexiones personales:

1) Creo que la policía es necesaria. Ojalá viviésemos en un mundo sin violencia. Pero, por ejemplo, cada año en nuestro país cientos de mujeres mueren asesinadas por sus maridos. Viajando por algunos países de África y Ámerica Latina comprendí lo terrible que es vivir en lugares donde no puedes salir a la calle tras la puesta de sol. Peor aún: allá donde las fuerzas de seguridad públicas no cumplen su función, las personas adineradas pagan su seguridad privada, mientras el resto de ciudadanos quedan indefensos ante la violencia.

2) En mi opinión, el gobierno debería sentirse muy satisfecho de que la desesperación generada por la crisis se canalice en un movimiento como el 15M, mayoritariamente pacífico. Basta recordar episodios pasados de sufrimiento social (cierre de astilleros en Galicia o de explotaciones mineras en Asturias) para comprender que cuando manda la desesperanza, la violencia estalla. En el pasado, los ingredientes habituales de una protesta eran las barricadas de neumáticos ardiendo y los cócteles molotov. El símbolo 15M son las tiendas de campaña.

Hacia las 4:50 de la mañana, mi amigo Senante y yo estábamos despidiéndonos. Todo en la plaza parecía tranquilo y habíamos decidido regresar a casa. Nos felicitamos por el trabajo hecho y por la suerte de haber conocido a Javier Bauluz, el premio Pulitzer de fotografía.

En apenas unos segundos, todo cambió. Unas 30 furgonetas de antidisturbios entraron en la plaza y comenzaron a desalojarla.

La delegación de gobierno había anunciado que la concentración sólo estaba autorizada hasta las 22h. Yo no comprendo demasiado esa decisión: ¿acaso no se permiten concentraciones nocturnas durante la Semana Santa o para celebrar títulos deportivos? Además, en la plaza no había ningún problema: la mayoría de los presentes estaban reunidos en asamblea, mientras otros recogían las basuras. El tráfico de autobuses y taxis circulaba con normalidad. Pero, en cualquier caso, la decisión policial de intervenir estaba dentro de lo establecido por la ley.

En cuestión de minutos, yo me encontré en la calle Carretas, donde había sido empujado junto a otras 50 personas. Los antidisturbios nos cerraban el retorno a la plaza y nos ordenaron seguir subiendo Carretas. No ocurrió ningún incidente violento -al menos que yo presenciase-. Cuando alcanzamos la mitad de la calle, comenzamos a preguntarnos: ¿pero hasta dónde nos van a llevar? Estábamos ya a más de 100 metros de la plaza, pero los antidisturbios que nos seguían gritaron que había que continuar caminando. La calle Carretas desemboca en la plaza Jacinto Benavente. Llegados a ese punto, estábamos convencidos de que los antidisturbios pararían. Pero, para nuestra sorpresa, otras dos calles (Bolsa y Cruz) ya estaban bloqueadas por coches patrulla.

Acabamos arrinconados en una acera de apenas metro y medio de anchura. La fotografía al comienzo de esta entrada retrata ese momento. Quien quisiese irse, era invitado a salir por la calle Atocha o bajar hacia Tirso de Molina.

Me acerqué al inspector jefe que comandaba el grupo y le expliqué que yo no pensaba moverme, y que iba tomar fotos para el reportaje de Senante. Acataría sus órdenes, pero no retrocedería un metro más alla de lo establecido. Tampoco entré en ninguna discusión con los polícias, pues comprendo que para ellos no debe ser nada agradable hacer su trabajo entre insultos y desprecios. Al fin y al cabo, cumplen órdenes del político de turno.

Mientras tomaba la tercera o cuarta foto, uno de los antidisturbios se aproximó a mí: “a ver tú, el calladito listillo, enseñame tu documentación”. Le dí mi pasaporte y mientras él lo revisaba, otro de los policías sacó una libreta y empezó a interrogarme. Constesté a sus preguntas y, al terminar, le pedí que me facilitase su número de identificación policial. Los polícias llevaban el número en el uniforme, pero sin gafas, yo no alcanzaba a leerlo. Entonces, el inspector jefe se acercó y dijo que ninguno de sus hombres me iba a facilitar su identificación. Le respondí que estaban obligados por ley. El inspector jefe replicó: “yo te doy el mío, pero ordeno a todos mis hombres que no lo hagan”. En efecto, los demás se negaron argumentando que obedecían órdenes directas.

Y, a partir de ese momento, comenzó la humillación. El inspector jefe sacó todo su repertorio: “¿tú eres mileurista o estás en paro? Pues prepara 2000 euros que te voy a meter un buen puro ¡Jajajaja!”. “¿Has venido con los perroflautas por el rollo ese de la solidaridad, ¿a que sí?”, “se te ve en la cara que no tienes ni puta idea de nada”, “¿prefieres que hablemos de fútbol?”, “mira que tú calladito ya parecías tonto, pero has abierto la boca y resulta que eres retrasado mental”. Me mantuve en silencio, tratando de grabar en mi memoria cada uno de sus piropos.

Después de trabajar 7 años como investigador fuera de España, regresé porque quería aportar mi granito de arena en construir una sociedad mejor. Sabía que no volvía al País de las Maravillas, pero creí que había cosas que ya no sucedían.

Mirando el asunto desde otra perspectiva, supongo que puedo considerarme afortunado: si hubiese nacido en Siria o en la España de hace 40 años, en vez de insultos, ese polícia me habría molido a palos.

Durante los cuarenta minutos que permanecí frente a la línea de antidisturbios, me sentí bastante calmado y no me resultó dificil guardar la compostura. Pero cuando llegué a casa y me tumbé en la cama, rompí a llorar.

Hay palos que hieren la carne. Otros, lastiman el alma.

Alberto Sicilia.

Tatuajes científicos: muy friki y muy sexy

En el año 2007, Carl Zimmer, uno de los pioneros de los blogs científicos, lanzó una pregunta a sus lectores: ¿conocían algún investigador que llevase tatuajes relacionados con su trabajo?

La respuesta fue tan apabullante que Zimmer acabó publicando el libro “Science Ink: Tattoos of the Science Obsessed”, que recoge fotografías de los tatuajes acompañados por textos sobre las teorías científicas que representan.

La relación fundamental en mecánica cuántica: ecuación de Schröedinger.

Jeroglífico egipcio que representa la palabra “cerebro”.

Einstein vs. Newton: relatividad vs. mecánica clásica.

La estructura del ADN.

El circuíto más básico de cualquier ordenador: un sumador binario.

El átomo de uranio con sus 92 electrones.

Los axiomas de Zermelo-Fraenkel en teoría de conjuntos.

Ay omá que rico y también, una medusa.

 El glucolípido-A, componente central de la membrana celular.

“Eppur si mouve” (“y sin embargo se mueve”), las famosas palabras de Galileo Galilei frente al Tribunal de la Inquisición, que le juzgaba por sostener que la Tierra no era el centro del Universo.

El conjunto de Mandelbrot, la teoría de la gravitación de Newton y la segunda ley de la Termodinámica.

Este lo tenéis que adivinar. Una pista: es el tatuaje más repetido en la historia de la Humanidad.

(Respuesta aquí).

Por cierto, si en el próximo examen descubro a algún alumno tatuado, ¿debería considerarlo chuleta?

Marsupiales, les propongo un reto: tenemos q encontrar los tatuajes científicos de nuestro país. Inspeccionen nuca, hombros, antebrazos y tobillos de sus compañeros de trabajo. Las fotos que van llegando las añado en este álbum de Facebook.

Zapatero, Rajoy, Relatividad y Mecánica Cuántica

En las primeras décadas del siglo XX, una generación de físicos transformó nuestra concepción del universo con el descubrimiento de la relatividad y la mecánica cuántica.

En los albores del siglo XXI, Jose Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, dos portentos intelectuales y presidentes del gobierno de España, revolucionaron la historia política de Occidente. Los paradigmas teóricos introducidos por Zapatero y Rajoy fueron bautizados como “política relativista” y “política cuántica” debido a las insólitas semejanzas con sus análogos físicos.

La relatividad de Einstein reposa sobre una constante fundamental: la velocidad de la luz, “c”. Ningún objeto en el universo puede viajar más rápido que la luz. La relatividad de Zapatero introduce una nueva velocidad absoluta, representada por dos letras mayúsculas, “ZP”. Ninguna forma de gobierno en todo el universo puede destruir más empleos por segundo que ZP.

La dilatación del espacio-tiempo corresponde a la dilatación del déficit en la teoría de Zapatero. Un presidente que viaja a la velocidad mental ZP puede asegurar, antes de marcharse, que el deficit de 2011 era de un 6%. En cualquier otro sistema de referencia, ese déficit mide un 8.5%.

Zapatero inventó también la célebre relación de equivalencia E = m (ZP)2, donde “E” es la tasa de desEmpleo y “m” la masa de Angela Merkel. El paro debe medirse, por lo tanto, en “kilogramos de desempleado/segundo”. Rogamos al Instituto Nacional de Estadística que rectifique y utilice estas unidades en sus próximos estudios sobre el mercado laboral español.

Einstein nos enseñó que la percepción del espacio y el tiempo depende del estado de movimiento del observador. Con Zapatero aprendimos que la percepción de la realidad depende del ingenio del gobernante. Sólo un Zapatero atravesando el espacio-tiempo hacia la peor depresión económica en 80 años, puede declarar: “en la próxima legislatura lograremos el pleno empleo” (julio de 2007), “la crisis de EEUU no afectará a España en absoluto” (septiembre de 2007), “la crisis es una falacia, puro catastrofismo” (enero de 2008), “España no está en crisis porque tiene sólidos fundamentos” (febrero de 2008) y “es probable que lo peor de la crisis económica haya pasado ya” (abril de 2009).

Mariano Rajoy generalizó la mecánica cuántica hasta convertirla en un arte de gobierno. Como explicó Louis de Broglie, todo cuerpo en el universo puede comportarse como onda y como partícula (tambien llamada “cuantum”). Por ejemplo, el fotón es el cuantum asociado a la radiación electromagnética. Rajoy demostró que un presidente también tiene su propio cuantum: en su caso, el “cuantum-recortum”.

El sueño de cualquier físico consiste en descubrir la teoría que engloba a la mecánica cuántica y a la fuerza gravitatoria. La hipótesis mejor posicionada para lograr la unificación era conocida como “teoría de cuerdas”. Rajoy fue más allá, desarrollando la “teoría de sogas”, que logra asfixiar la inversión en ciencia y la ayuda al tercer mundo en un mismo decreto-ley.

Rajoy también superó el “principio de incertidumbre de Heisenberg” con el “principio de certidumbre de Mariano”. Un gobierno presidido por Rajoy contiene la certidumbre de incumplir todos sus compromisos electorales. En apenas cuatro meses, Mariano Rajoy ha violado sus tres grandes promesas: “no subiré los impuestos”, “no abarataré el despido laboral” y “no tocaré ni la educación ni la sanidad”.

Mi formación como físico teórico me impulsa a sugerir a mis colegas del CERN el siguiente experimento: introduzcamos a Zapatero y Rajoy en el Gran Acelerador de Hadrones (que sería rebautizado como “Gran Acelerador de Ladrones”) y lanzémoslos uno contra otro. Mis cálculos predicen que la colisión creará un agujero negro de estupidez tan intenso que engullirá el universo.

Ojalá las civilizaciones que surjan de futuros Big Bangs demuestren más sensatez eligiendo a sus líderes.

Morir en un abrazo

Fotografía: Dominic Bracco.

Observad esta fotografía con atención.

Es de noche en Ciudad Juárez. Dos jóvenes se abrazan en un coche. Ella está embarazada y va a dar a luz en unas pocas semanas.

Están muertos.

El asesino disparó desde el costado izquierdo del coche. Una sola bala atravesó sus cabezas.

¿El sicario aprovechó la distracción para cometer el crimen? ¿O se abrazaron al saber que su final había llegado?

La vida de cualquier ser humano contiene dos certezas: que estamos vivos y que vamos a morir. Ojalá tarde mucho en alcanzarnos, pero la bala que terminará con nuestras vidas ya ha sido disparada.

Los abrazos y caricias que gocemos mientras tanto es lo único que importa.

Recopilación de chistes malos

Españoles,

Ante la crítica situación económica que atenaza a la Nación, nos vemos obligados a declarar el estado de emergencia marsupial.

Tras una honda, severa y tenaz reflexión, hemos hallado la solución para aliviar el sufrimiento patrio. En la próxima cumbre europea, Mariano Rajoy será sustituído por Karlos Arguiñano, cuya misión consistirá en contar unos chistes a la tía Angela. Semejante exhibición de donaire, garbo y simpatía, provocará la flexión refleja de los músculos cigomáticos de la canciller, que descubrirá, por primera vez, esa respuesta biológica llamada risa. En recompensa a tamaña gesta, la tigresa de Hamburgo aflojará los grilletes que asfíxian nuestra economía.

Para preparar este transcental encuentro, hemos comenzado a recopilar los mejores chistes malos del repertorio castellano. Pero semejante tarea necesita de su colaboración: les rogamos que, en los comentarios a esta entrada, nos dejen su chiste malo favorito. ¡La Nación les llama, compatriotas!

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– Camarero, este plátano está blando.
– Pues dígale que se calle.

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‎- Hola, soy español, ¿a qué quieres que te gane?
– A Eurovisión.
– ¡Qué hijoputa!

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– ¿Cómo se dice en congoleño: “Podríamos cenar unas setas”?
– Hongo propongo.

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– Buenos días, me gustaría alquilar Batman Forever.
– No es posible, tiene que devolverla tomorrow.

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– Un gintonic, por favor.
– ¿Le pongo pepino, caballero?
– Desde el primer día que la ví, señorita.

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– La puta de tu ex novia me ve y ni me saluda.
– Hemos vuelto.
– Vaya tela lo de Contador, ¿eh?

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– Doctor, mi marido ha tenido una hemiplejia, ¿qué hago?
– Mírelo por el lado bueno.

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‎- Entonces, doctor, ¿con este condón de lana se curará mi impotencia?
– No, pero le sudará la polla.

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– ¿Porqué ponen agua caliente en los partos?
– Porque si el niño nace muerto se puede hacer caldito.

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– ¿Qué es lo peor de bañarse en una piscina llena de cadáveres humanos?
– Disimular la ereccion al salir.

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‎- Doctor, ¡me han salido 5 pollas!
– Joder y ¿cómo le sientan los calzoncillos?
– Como un guante.

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– ¡Mi amor, tengo un retraso!
– No te preocupes tontita, siempre lo he sabido y te quiero igual.

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‎- ¿El capitán?
– Por babor.
– Por babor, ¿el capitán?

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– Mamá, ¿cómo es que tu eres blanca, papá es negro y yo soy amarillo?
– Hijo mío, si supieras la orgía que hubo aquel día… agradece que no ladras.

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– Papá, ¿porqué sólo nado en círculos?
– Cállate o te corto el otro brazo.

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– Mamá, mamá, ¿porqué corre el abuelo?
– Calla, niño, y pásame otro cartucho.

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– ¿Y tú aguantas mucho follando?
– Pues hombre, yo aguanto más sin follar.

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– ¿Qué se ve desde el edificio más alto de Toronto?
– Toronto to’, Toronto to’ entero.

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– Y dígame, ¿desde cuándo tiene usted esa obsesión de que es un perro?
– Desde cachorro, doctor.

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Un hombre va a un entierro y le dice a la viuda:
– Lo siento.
La viuda responde:
– Ya es igual, déjelo tumbado.

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– Se abre el telón y aparece un gitano entrando a un establo. Se cierra el telón.
– ¿Cómo se llama la película?
– El hombre que sus robaba los caballos.

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¡No olviden colaborar con su chiste malo favorito!

¡Viva España! ¡Y viva el conejo de la Loles!

Los beneficios de mi fracaso

Partí de Madrid hace 7 años para estudiar un Erasmus de unos meses en París. No hablaba ni una palabra de francés y tenía muchas dudas sobre mi talento como físico. Lo que ocurrió después, superó salvajemente mi sueños más hermosos: completar un doctorado en física teórica, ser invitado a universidades estadounidenses, viajar por Sudamérica, África y la India. Trabajar como actor en compañías de teatro francesas y británicas, escalar el Mont Blanc, ser fichado por la Universidad de Cambridge y, sobre todo, gozar de amistades que valen más que los rubís.

Pero durante mi último año en Cambridge,  la que pensaba era la mujer de mi vida, me dejó. Los sueños por los que tanto había luchado, se evaporaban delante de mis ojos.

Volver a Madrid, y estar sin ella, era un doloroso fracaso.

Pasé unas semanas muy duras. Pero, de a poquito, la luz volvió a colarse entre las grietas del desaliento. Unos pocos meses después, me siento mejor que nunca.

El fracaso ha sido la oportunidad más hermosa que la vida me ha regalado.

Cuando las cosas salían como yo deseaba, era muy complicado distinguir mis errores. Tras los triunfos, celebraba mis virtudes y alababa mi suerte. El fracaso me ha enfrentado con honestidad a mis sombras, carencias y defectos.

Cuando todo iba bien, era muy tentador acomodarme y dejar que la marea me arrastrase. El fracaso me ha empujado a desafiar mis límites.

El fracaso me ha recordado que hay cosas en la vida que no podemos controlar. Pero también, que hay dos cualidades que son mi absoluta responsabilidad: mi actitud y mis acciones.

El fracaso me ha liberado de lo que no es esencial. Estoy vivo. Tantas angustias y miedos por el futuro no valen la pena.

Y, por encima de todo lo demás, el fracaso me ha permitido disfrutar del amor de las personas me quieren. Gente por la que daría mi vida.

Tras semanas de dolor, decidí embarcarme en el desafío más hermoso que he afrontado: construir el mejor Alberto del que fuese capaz.

Decidí trabajar en mi fuerza de voluntad, en mi disciplina, en mi ternura, en mi alegría. Muy despacito y sin compararme con nadie. La única medida de mi progreso es el Alberto del día anterior.

El objetivo es llegar a la cama cada noche siendo un poquito mejor que la persona que salió por la mañana. Ser capaz de responder con honestidad a estas preguntas: ¿he afrontado mis miedos o he puesto excusas para no hacerlo? ¿he dicho todo lo que pensaba? ¿he trabajado tan duro como podía? ¿he vivido profundamente? ¿he empujado mis límites un pasito más allá? ¿he ayudado a que sean un poquito más felices las personas que quiero? ¿les he recordado mi amor?

En esta jornada he descubierto algo que no había alcanzado ni haciendo un doctorado ni viajando por medio mundo: la seguridad de que afrontaré los bofetones de la vida con serenidad e inteligencia.

He dudado si publicar, o no, esta entrada. Mi vida es mucho menos interesante que las anécdotas de Orson Wells y Winston Churchill. Pero cuando yo estaba mal, me ayudó muchísimo el ver cómo personas que habían sufrido derrotas infinitamente más dolorosas que la mía, se levantaban y continuaban su camino alumbrando ternura y pasión.

Si alguno de los que leéis el blog estáis pasando un momento difícil, si vuestros sueños acaban de romperse, sólo puedo deciros que yo también fracasé. Yo también lloré. Yo también creí que se me había escapado lo mejor de mi vida. No podía estar más equivocado. El fracaso es la oportunidad más hermosa que la vida me ha regalado.

Paciencia. Fuerza. Alegría.

Cuando Orson Welles se cruzó con Winston Churchill

Cuando se cruzan los caminos de dos gigantes, las centellas del ingenio humano lo celebran.

Una de mis anécdotas favoritas:

En Septiembre de 1946, un joven Orson Wells estaba en Venecia, buscando financiación para rodar “La dama de Sanghai”.

Una noche, al terminar una cena con un magnate ruso, se cruzaron con Winston Churchill y su mujer, que estaban sentados en una mesa del mismo hotel. Al ver a Welles, Churchill le saludó con la cabeza.

El ruso quedó petrificado ante el gesto: Winston Churchill, el líder mundial más admirado, el mito de la guerra que acababa de concluir, reconocía al joven realizador. El magnate ruso decidió inmediatamente ofrecer a Welles todo el dinero que necesitase.

A la mañana siguiente, Welles vió a Churchill nadando en la playa y se acercó para explicarle lo ocurrido: su silencioso saludo había resultado más valioso que semanas de negociaciones.

Ese mediodía, Welles y el ruso volvieron a almorzar en el hotel.

Esta vez, el hombre que lideró a Europa frente a los nazis, posó los cubiertos, se levantó y le hizo una reverencia a Orson Welles.

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Jodido Winston, sus churchilladas son casi tan buenas como mis siciliadas. El único problema es que le gustaba demasiado el humor negro: preguntadle al pobre Adolf. Y a los 25.000 muertos de Dresden.

Aquí está Orson Wells recordando este momento y otra anécdota deliciosa con Churchill: durante una representación de Othello, Orson Wells había escuchado un murmullo contínuo que provenía de la primera fila de butacas. Una vez terminada la obra, alguien llamó a la puerta de su camerino. Allí apareció Winston Churchill recitando de memoria toda la pieza de Shakespeare. Y enfatizando con guasa las escenas que Wells había recortado del original.