El pastelero que se convirtió en francotirador


Crédito de la fotografía: Alberto Sicilia

Crédito de la fotografía: Alberto Sicilia

Sus manos, ágiles y precisas, han determinado sus ocupaciones. Antes de la guerra, Mohammad era pastelero. Hoy es francotirador.

Escondido tras un boquete, acaba de encontrar un enemigo por su mira telescópica. Mohammad estira despacio su brazo izquierdo para empuñar con firmeza la parte anterior del rifle. Abre levemente la boca y realiza tres expiraciones. El índice de su mano derecha se posa sobre el gatillo.

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La guerra en una zona urbana es el reino de los francotiradores. Agazapados tras diminutos agujeros en la pared de cualquier edificio, son imposibles de detectar hasta que disparan. Y entonces, ya es demasiado tarde.

El mayor logro de un francotirador no es matar a su víctima, sino dejarla malherida en mitad de la calle. Antes o después, alguien tratará de ayudarla y se convertirá en un sencillo trofeo adicional. En un descampado del barrio de Izzah yace desde hace semanas el cuerpo sin vida de una niña. A su lado reposa el cadáver del hombre que intentó rescatarla.

En Alepo, las avenidas se cruzan de uno en uno y al sprint.

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Dicen que entre todos los combatientes de cualquier guerra, los francotiradores gozan de un macabro privilegio: poder contemplar con detalle los últimos instantes en la vida de sus víctimas.

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Mohammad aprieta el gatillo y al estruendo del disparo en la habitación le sigue el sonido metálico del casquillo que rebota en la pared. Con el mismo gesto helado, retira el rifle del agujero, se da la vuelta y nos mira: “Cuando acabe esta maldita guerra, volveré a hacer pasteles”.


Nota: Esta es la segunda entrada de la serie “Retazos de Alepo en guerra”. Puedes leer la primera aquí.