Una ciudad bajo el toque de queda

Principia Marsupia desde El Cairo

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Crédito de la fotografía: AP/Maya Ayyeruzzo

Las noches deliciosas de té y shisha entre amigos ya no existen en el Cairo. Las risas y el bullicio de sus madrugadas son ahora vacío, silencio y oscuridad.

Y es que, la noche del Cairo tiene nuevos dueños.

A la caída del sol, los comerciantes recogen apresuradamente sus mercancías. Pocos minutos después aparecerán los blidados con ametralladoras que cierran las entradas de las avenidas. Ningún civil puede permanecer en la calle a partir de las siete de la tarde.

Apenas diez kilómetros separan el aeropuerto del centro de la ciudad. En ese corto trayecto, debemos atravesar ocho check-points del ejército. Jóvenes militares, ataviados con fusil, casco de combate y chaleco antibalas, repiten el tétrico ritual en mitad de una autopista a oscuras: 1) “¿Seguro que usted es periodista? ¿No será usted un espía?” 2) “Abra la maleta y enséñeme todo lo que lleva.” 3) “¿Eso es una cámara? Muéstreme todas las fotografías que tiene usted en la tarjeta”.

Y luego, cambiando su tono desafiante por una amplia sonrisa, “Bienvenido a Egipto, señor. Que tenga una feliz estancia”.

En sus casas, los cairotas se arremolinan en torno a televisiones que repiten, una y otra vez, que el país se encuentra en estado de guerra contra el terrorismo. El ejército sabe que para mantener el poder necesita del miedo y la paranoia.

Los generales han robado El Cairo. Las calles siguen aquí, pero su alma se ha evaporado.

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