Una confesión: cómo maté a Carolina Moraes


Carolina murió el 18 de Octubre de 2010, unos días antes de cumplir los 5 años.

La fiebre había comenzado la semana anterior. Luego llegó una tos ronca y las manchas rojizas que aparecieron en su piel. En la mañana de su muerte, decidí tomarme un café antes de entrar a la oficina.

Carolina estaría hoy aprendiendo a escribir si yo no hubiese tomado aquel café. Tengo que confesaros que yo lo sabía, pero tenía sueño y no pude resistirme.

Su muerte me produjo cierto desasosiego, pero nunca sentí verdadero dolor. Esa indiferencia siempre me ha perseguido, ¿qué clase de ser humano soy?

A veces me la imagino en sus últimos momentos, revolviéndose en la cama, aturdida por la fiebre, tratando de agarrarse furiosamente a la vida. Estuvo a punto de conseguirlo. Sólo 90 céntimos la separaron de seguir creciendo y, quizás un día, conocer el amor. Noventa céntimos, el precio de una vacuna, el precio de un café.

Carolina fue uno de los 140.000 niños que murieron de sarampión en 2010. Ciento cuarenta mil, el equivalente a un 11 de Septiembre cada semana de aquel año.

Y aquí seguimos. Yo escribiendo este blog y tú leyéndolo. Los dos sabemos que, en unos instantes, volveremos a estar ocupados en nuestras rutinas y lo habremos olvidado.

Los dos sabemos que nuestro gobierno sigue recortando las ayudas al desarrollo, pero estamos tranquilos, porque la culpa es sólo de esos malditos políticos. Los dos sabemos que mañana al levantarnos, tú y yo, nos tomaremos un café.

 


Bebés en la cárcel

Un grupo de niños que se han criado en prisiones españolas descubren el mar por primera vez. Fotografía: Fundación Horizontes Abiertos.

Más de un centenar de niños y niñas menores de 3 años viven tras las rejas de nuestras cárceles.

La Ley establece que los hijos de las mujeres en prisión pueden convivir con ellas hasta el tercer año de vida. El sistema penitenciario español cuenta con las llamadas “Unidades de Madres”, módulos específicos en el interior de las prisiones reservados para madres e hijos.

El vínculo materno es el factor más importante para el desarrollo emocional de un niño durante sus primeros años de vida. El derecho a crecer junto a su madre es primordial.

Pero, aún así, estos niños sufren una terrible injusticia. El ritmo de su infancia está marcado por la apertura y cierre de las puertas de seguridad y los cambios de turno. Crecen en un mundo sin calles, ni árboles, ni perros, ni escaparates. Un mundo repetitivo donde no existe el horizonte ni tampoco los hermanos mayores.

Y con apenas 3 años se enfrentan al trauma más doloroso: separarse de sus madres.

La mayoría de las madres en prisión son extranjeras condenadas por tráfico de drogas. Nacidas en familias pobres y reclutadas por las redes del narcotráfico, se jugaron su suerte con un viaje a Europa como correos humanos. Cometieron un sólo delito y sin violencia alguna.

Ahora, con sus familias a miles de kilómetros y sin vínculos personales en España, sólo el trabajo de algunas ONGs permite a sus hijos disfrutar de una cabalgata de reyes o descubrir el mar.

A mí, tanto sufrimiento me plantea cuestiones que no sé responder: ¿Las mujeres con hijos pequeños deberían estar exentas de penas de cárcel? ¿Sería justificable esta discriminación con respecto a las mujeres sin hijos? ¿Las madres extranjeras deberían ser extraditadas a sus lugares de origen para tener cerca a sus familias? ¿Y si las condiciones de las cárceles en aquellos países son mucho peores? ¿Los niños deberían poder convivir más de 3 años junto a sus madres?

¿Qué pensáis vosotros?

Mi única certeza es que tenemos una deuda enorme con los pequeños que viven en las cárceles. Al fin y al cabo, somos los ciudadanos del Estado que les condenó a una niñez sin libertad.