La policía húngara apaleando a refugiados y haciéndose selfies con ellos

Crédito de la fotografía: Human Rights Watch

“Mientras nos azotan, se están riendo a carcajadas entre ellos. Los policías nos apalean y se hacen selfies con nosotros”. Este testimonio de Shadid Khan, un demandante de asilo pakistaní, es otro de los abusos del gobierno de Viktor Orban contra los refugiados desvelado esta semana por el diario británico The Independent.
La organización Human Rights Watch ha obtenido diversas fotografías de refugiados heridos, como la que podéis ver al principio de este artículo.

En julio del año pasado, el gobierno húngaro introdujo una ley que permite devolver en caliente a todos los refugiados que se acerquen a su frontera con Serbia.

Coinciendo con la ola de frío que registró centroeuropea este invierno, la policía húngara se “divirtió” devolviendo a refugiados en puntos inhóspitos de la frontera, alejados de cualquier núcleo de población, jugando así con el riesgo de que muriesen congelados.

Miles de policías han sido desplegados para vigilar la frontera con Serbia, que desde hace año y medio está formada por un valla electrificada.

En los próximos meses el gobierno de Orban tiene previsto aprobar otra ley con la que podrá confinar a los refugiados en campos de detención formados por contairners de transporte. A pesar de estar detenidos, los refugiados deberán ademas pagarse su estancia.

“Si no lo podemos hacer por las buenas, tendremos que hacerlo por las malas y utilizando la fuerza. Y lo haremos”. Esas fueron las palabras de Orban defendiendo las nuevas medidas.


La Policía Militar mata a 500 personas cada año en Sao Paulo

Alberto Sicilia / Sao Paulo


[caption id="attachment_10275" align="aligncenter" width="615"]Crédito de la fotografía: Reuters Crédito de la fotografía: Reuters[/caption] Favela de Jardim Rosana, 1 de enero de 2013. Paulo Batista do Nascimento, un joven de 25 años, implora por su vida tras ser detenido por un grupo de policías militares. Segundos después es ejecutado a quema ropa con 5 tiros en la cabeza. «Resistencia a la policía con resultado de muerte». El informe de la policía concluía con la frase que se repite en miles de casos sólo en Sao Paulo durante la última década. El expediente por la muerte de Paulo tuvo que ser reabierto: un vecino había grabado en vídeo la escena desde un balcón cercano. Según un reportaje publicado esta semana por la revista Ponte, la Policía Militar de Sao Paulo mató a 10.152 personas entre junio de 1995 y abril de 2014. Los datos provienen del «Sector de Inteligencia» de la propia Policía Militar, y no incluyen los asesinatos realizados por los llamados «grupos de exterminio», enmascarados que aparecen habitualmente en las favelas tras la muerte de algún agente para tomar venganza. En Sao Paulo, la policía mata a 1 persona por cada 348 arrestos. En EEUU hay 1 muerto por cada 37.000 detenciones. La mayoría de las víctimas de la Policía Militar comparten tres características: son negros, son pobres y viven en las favelas de la periferia. Sus muertes no son noticia para los grandes canales de televisión brasileños que, sin embargo, abren con frecuencia los telediarios con truculentas históricas de crímenes pasionales. «Nuestra policía tiene mucha sangre en sus manos y actúa con total impunidad. Las ejecuciones extra-judiciales son comunes en las grandes ciudades del país», dice Atila Roque, el director de Amnistía Internacional en Brasil. Paulo Telhada es uno de los políticos más populares en Sao Paulo. Antes que concejal, Telhada había comandando la ROTA, las fuerzas especiales de la Policía Militar. Cuando fue elegido para ese puesto, ya tenía 36 muertes en su curriculum.

Antidisturbios golpeándonos frente al Museo del Prado

Durante el desalojo de Neptuno por el Paseo del Prado sólo recibí dos porrazos en las piernas, pero algunas personas que me rodeaban sufrieron agresiones brutales de los antidisturbios.

Fotografía de nuestro desalojo por el Paseo del Prado. (LUCA PIERGIOVANNI/EFE)

Hacia las 0:20 de hoy, los antidisturbios procedieron a desalojar a los cientos de personas que estábamos en la Plaza de Neptuno.

En ese momento, yo me encontraba en el costado de la plaza que mira hacia el Ritz, acompañado por un grupo de personas sentados en la acera. De repente, vimos aparecer una fila de unos 20 antidisturbios que se dirigía hacia nosotros. La gente se levantó y empezó a caminar rápido por la calzada del Paseo del Prado que sube hacia Cibeles. Los policías nos seguían a unos 30 metros de distancia.

Yo había bajado a la manifestación para contar lo que ocurría, así que decidí detenerme un segundo para sacar una foto. Cuando me di la vuelta, los antidisturbios -sin mediar palabra- habían echado a correr tras nosotros con las porras en alto. Como los tenía casi encima, intenté salir hacia la mediana del Paseo del Prado, pero uno de los policías me vio y me soltó un porrazo en la pierna izquierda. Reaccioné instintivamente diciéndole: «¡Estás pirado! ¡No he hecho nada!». Me miró y volvió a soltarme otro hachazo.

Tuve mucha suerte porque a quienes alcanzaron después no recibieron una porra, sino tres o cuatro a la vez. Dos chicos cayeron al asfalto y además de golpearles, les pisotearon en las piernas.

Hasta el pasado diciembre, viví 7 años fuera de España. Nunca había visto a los antidisturbios en directo hasta este mes de mayo, durante el aniversario del 15-M. Antes, cuando la televisión había sacado alguna imagen de cargas policiales, siempre había pensado: «los antidisturbios son muy brutos, pero algo habrán hecho los otros».

Supongo que lo mismo estaréis pensando muchos de vosotros al leer mi relato. Por eso, si os parece exagerado o inverosímil lo que cuento, os ruego que vengáis a una manifestación para presenciarlo.

Creo que la policía es necesaria. En muchos casos, hacen un trabajo fantástico defendiendo a personas que sufren de violencia y amenazas (por ejemplo, las mujeres maltratadas).

Después de recibir los golpes me quedé sentado un rato en el césped de la mediana y pensé en el contraste de la escena. Unos cientos de metros a mi derecha, el Museo del Prado. Unos pocos metros a mi izquierda, una manada de salvajes zurrando.