De Cambridge a Tahrir Square y vuelta

[Segunda entrega de la serie sobre la Revolución Egipcia. He cambiado los nombres de Sam y Juci.]

Aterrizé en El Cairo la tarde del 17 de Febrero, seis días después de la dimisión de Mubarak. Después de soportar 30 años de dictadura, los egipcios podrían haber aguantado unos días más y esperar a que yo llegase. Elemental cortesía de anfitrión.

Al final de cada avenida, dos tanques Abrams cerraban el tráfico, pero las terrazas estaban llenas de jóvenes fumando y bebiendo té. Los escaparates del Zara atraían más atención que la desmesurada parafenalia militar. Lo cotidiano se imponía sin reparos.

Algunos transeúntes se detenían para abrazar a los estudiantes que limpiaban las aceras. “He sido egipcio durante 24 años. Pero esta es la primera vez que me siento orgulloso de serlo. Ahora, estas calles nos pertenecen, y me siento responsable de ellas”. Por siglos, esta ciudad había sido propiedad de turcos, franceses, británicos, y tres dictadores militares.

Llegué frente al hotel, pero todas las luces estaban apagadas. Golpeé la puerta varias veces. Al abrirse, alguien se abalanzó en un abrazo. “¡Bienvenido! ¡Usted es nuestro primer huésped en tres semanas!” Mohammed, el dueño del hotel, me instaló en la mejor habitación aunque yo había reservado la más barata. “Sin ningún recargo, señor”.

El viernes 18 había sido bautizado como el “Día de la Victoria”. La jornada para celebrar el éxito de la revolución. Las veinte mil mezquitas del Cairo habían convocado un rezo común en Tahrir Square en recuerdo de quienes murieron durante el levantamiento. Me duché y baje a la terraza del hotel. Alguien más estaba desayunando.

Samuel había pasado la noche en un taxi, cruzando el Sinaí desde Tel Aviv. Venía a entrevistar a las familias judías que aún quedan en El Cairo. Hasta la guerra del 48, esta ciudad, como las otras metrópolis árabes, de Casablanca a Baghdad, había sido hogar de una vibrante comunidad hebrea. Hoy, apenas tres sinagogas siguen abiertas.

Hablamos de la celebración en Tahrir. “¿Vamos juntos?”, me preguntó. No resultaba demasiado atractiva la posibilidad de que me asociasen con un tal Samuel Cohen y sus dos videocámaras. “Sólo te falta la kippa, cabrón, para completar el pack”.

Pero yo también estaba solo.

Bajamos Kasr Al Nile, la avenida que llevaba de nuestro hotel a Tahrir Square. En los check points, Sam sólo mostraba su pasaporte americano. Cruzamos los dos primeros sin ningún problema. En el último, un soldado se puso nervioso: “¡America! ¡America! ¿Amigo de Israel?”  Y Sam: “Vengo de California. ¿Conoces California? ¡Allí odiamos a los judíos!”. Los soldados, que apenas tendrían veinte años, se miraron confundidos y nos dejaron pasar. Supongo que cuatro mil años de persecución te dan habilidades para sortear estas situaciones.

Cinco días después, volviendo a Tel Aviv, Sam no tendría tanta suerte y pasaría dos noches arrestado en una base militar egipcia.

Tahrir es una plaza de medidas descomunales, abierta sobre el Nilo por el flanco oeste, y rodeada de plomizos edifícios oficiales en las otras direcciones. Good Old Soviet Style. Pero esa mañana, era el escenario de la celebración más multitudinaria en la historia de Egipto.

Las miradas revelaban la intensidad de quien sabe que recordará esos momentos para siempre, la euforia de sentirse parte de una victoria colectiva. Pocas generaciones tienen el privilegio de vivir momentos tan singulares en la memoria de una nación.

Las conversaciones se repetían. “Mira de lo que somos capaces cuando trabajamos todos juntos”. “Si otros países se han desarrollado, porque nosotros no vamos a ser capaces de hacerlo?”. “Para mí ya es demasiado tarde, pero que los chicos tengan la oportunidad de una buena educación”. “Esto no tiene nada que ver con Israel ni con Irán. Lo único que queremos es un Egipto donde valga la pena vivir”. Las mismas frases en la boca del campesino, del chico que había estudiado en Europa o del taxista.

Días después, Hesham, uno de los organizadores de las protestas en la Universidad, me explicaría que El Cairo era un mosaico de colectivos que, en el mejor de los casos, se ignoraban. Por unos días, la chica con vaqueros y el imán de la mezquita, el vecino cristiano y el musulmán, habían caminado juntos, en la esperanza de levantar un futuro mejor.

Las protestas fueron un ejemplo de coraje y dignidad, pero la verdadera revolución empieza ahora. Tres semanas bastan para despachar a un dictador. Construir una nueva sociedad requiere décadas, seguramente generaciones.

Con veinte millones de habitantes, El Cairo es la ciudad más grande del mundo árabe, de África y de la esfera mediterránea. Los retos que quedan por delante son formidables. La corrupción es rampante a todos los niveles: en los hospitales, el médico decide el precio de la bolsa de sangre para una transfusión. El mercado negro representa gran parte de la economía. Sin contratos y sin impuestos, el estado se financia gracias al gas y las tasas del Canal de Suez. La religión ha vuelto a ocupar un papel desmedido en la vida social. Hace treinta años, casi ninguna chica en el Cairo vestía hijab. Hoy es casi imposible ver a una sin él. “Me gustaría ponerme una falda, pero sería una deshonra para mi padre y mi hermano” me decía Alyaa, una estudiante de doctorado. El setenta por ciento de los matrimonios es negociado por las familias. Treinta mil niños viven en las calles del Cairo, y varios cientos de miles empiezan a trabajar antes de completar la educación primaria. Universidades que un día fueron referencia en Oriente Medio son bazares donde se puede pagar por un diploma.

Pero nada puede cambiar sin esperanza. Y el aire del mediodía en Tahrir era puro aliento de confianza y determinación.

El rezo fue un momento sobrecogedor. A mi alrededor, gente postrada en todas las direcciones, tan lejos como alcanzaba la vista: en la plaza y las avenidas, sobre el puente y las riberas del Nilo. Cientos de miles de personas en silencio. Miré a Sam, y ví sus lágrimas. Yo tampoco había sido capaz de contenerlas.

Una explosión festiva siguió al “Allah Akbar” final. Canciones, abrazos y llantos. Imposible moverse entre la multitud, solo podías dejarte arrastrar en la riada humana.

Volví al hotel al atardecer. Me sentía eufórico. Una chica pelirroja fumaba en la terraza. Cuando me acerqué, descubrí que estaba llorando. Juci había llegado ese mediodía desde Budapest. Presentaba un programa de reportajes en la televisión húngara y venía a entrevistar a las familias de quienes murieron en las protestas.

Juci también había estado esa tarde en Tahrir. Mientras filmaba, unos chicos la rodearon  y empezaron a tocarla. Alguien se percató de lo que ocurría y logró arrancarla del tumulto.

Le dije que podía ayudarla a buscar un vuelo y acompañarla al aeropuerto. Me respondió, sollozando, que se quedaba hasta terminar su reportaje.

Entre cigarrillos y tazas de té, hablamos de sus viajes. En el último año, había filmado en Gaza, Afganistán y Etiopía, había atravesado Burma sin permiso del gobierno, y entrevistado a la oposición en Irán. Aprendí también que el pasaporte húngaro es un gran activo en zonas conflicto, “porque Hungría no le importa un pimiento a nadie”.

Recordé una cita de Horacio que un amigo me había mostrado unos días antes: “Mezcla un poqutio de locura con tu prudencia: es bueno estar un poco loco en el momento adecuado.”

Aquél era el instante preciso. “Juci, a mí nunca me ha rodeado un grupo de mujeres para aprovecharse de mi cuerpo, pero, sinceramente, yo lo hubiese disfrutado”. Juci se echó las manos a la boca, y me miró a los ojos: “Alberto, no me puedo creer que hayas dicho eso”.

Y le salió una de esas carcajadas que brotan de lo más profundo. La risa frente al dolor y el miedo. La complicidad frente a la soledad y el desamparo.

La noticia más importante

Itzhak Perlman

Repasando el texto que aún no he publicado sobre las revoluciones árabes, me detuve, dudoso, ante un adjetivo. Había escrito que la Primavera Árabe era el acontecimiento “más importante” de 2011. Los cambios en el norte de África han sido fabulosos, pero, ¿podía afirmar rigurosamente que no había ocurrido nada más destacado?

Decidí repasar los grandes acontecimientos del 2011. Bajo el cadáver de Bin Laden,  el culito de Pippa Middleton, y las almas de soles indignados, descubrí una gema magnífica:  durante 2011 no se produjo ningún caso de poliomielitis en la India. Hace unos días, la OMS confirmó que la polio ha sido erradicada del país que acumulaba la mayoría de casos.

La polio es una enfermedad terrible. Como la viruela, la peste o el cólera, sus epidemias han aplastado millones de vidas humanas. La polio presenta, además, singuralidades atroces. Puede bloquear el diafragma, provocando la muerte por asfixia. También atrofia las piernas, generando parálisis espantosas.

La polio ha sido documentada desde el Antiguo Egipto, en grabados de jóvenes con piernas atrofiadas y que caminan con la ayuda de bastones. En España, todavía hoy, miles de personas sufren discapacidad por la epidemia de los años 50. ¿Cuánto dolor y sufrimiento acumulados puede generar una enfermedad durante milenios?

Millones de seres humanos, de lugares y tiempos distantes, han sufrido tormentos y angustias, víctimas de un mal que nadie comprendía ni podía aliviar. En 1957, Albert Sabin desarrolló la vacuna oral que protege frente a la polio.

(Cuando algunos me dicen que el Progreso “no existe” o que la Ciencia “depende de la cultura en la que vivas”, me dan ganas de inyectarles una buena dosis de poliovirus. Es una pena que, a todos ellos, sus padres les vacunasen al nacer. Por cierto, esos son los mismos argumentos que utilizan fanáticos religiosos y tradicionalistas tozudos para oponerse a las campañas de vacunación en África).

Intentando corregir un texto sobre la Primavera Árabe, descubrí, por casualidad, que la India había erradicado la polio. ¡Bum!

¿Porqué esta historia no ha sido, junto a las revueltas árabes o el terremoto de Japón, el gran evento de 2011? ¿Porqué sabía de la muerte de Bin Laden, de Mariano y del 15M, pero ignoraba el fin de la polio en India?

No me convencen las teorías conspiratorias del estilo “los poderosos no quieren que sepamos”. El problema es nuestro: el director de un periódico publica, en primera aproximación, las noticias sobre las hacemos más “clicks”. Y hacemos más “clicks” sobre la última rueda de prensa de Mourinho que sobre una epidemia en Niger.

¿Puede algo unir tanto a los hombres como la lucha contra la enfermedad? Los virus no distinguen entre cristianos, judíos o musulmanes. El dolor y la angustia tampoco. Las costumbres, lenguas y nacionalidades, son construcciones insignificantes frente al virus, la bacteria o el tumor.

Si se cumplen las previsiones de la OMS, el polivirus será erradicado en 2013. Después de miles de años de dolorosa coexistencia y millones de derrotas a precio de vida humana, habremos vencido a la polio.

Ojalá, ese día, sepamos distinguir la noticia más importante.

[He comenzado esta entrada con una foto de Itzhak Perlman, uno de los grandes violinistas del siglo XX. Perelman contrajo la polio con 4 años y perdió la movilidad de sus piernas. Consiguió sobrevivir y nos ha regalado interpretaciones inolvidables. Por ejemplo este “Aires Gitanos” de Pablo Sarasate. La enfermedad es universal. La música también.]

Mostafa, un colega iraní asesinado por terroristas.

A las 8 de la mañana del miércoles, en plena hora punta de Teherán, Mostafa Roshan se dirigía a su trabajo, cuando un motorista adherió una bomba magnética a su coche. En la explosión fallecieron Mostafa, de 32 años, y su guardaespaldas. Mostafa era profesor universitario y supervisor en la planta de enriquecimiento nuclear de Natanz. Cuatro científicos iraníes han muerto en circunstancias similares desde enero de 2010.

Nadie se ha declarado responsable del asesinato. El régimen iraní tiene numerosos -y dispares- enemigos: la juventud urbana (cuya revuelta aplastó tras las elecciones presidenciales), los gobiernos suníes del Golfo (en particular Arabia Saudí) y grupos en el exilio como los Mujahedin Populares de Irán. Pero dada la sofisticación del ataque, el perfíl de la víctima y la semejanza a operaciones previas, la mayoría de expertos señalan al Mossad israelí. (TimeDer Spiegel, Foreign Policy, The Guardian, Le FigaroEli Lake, Dan Ephron).

El programa nuclear iraní genera preguntas importantes. ¿Busca Irán construir armas nucleares? ¿Tiene la capacidad de lograrlo? ¿Cuales serían las consecuencias para la región? El asesinato de científicos, ¿es efectivo para detener un programa nuclear? ¿Y moral? ¿Son preferibles estas medidas a embargos y sanciones económicas? Los físicos asesinados, ¿trabajaban en el desarrollo nuclear por voluntad propia o forzados por el régimen?

Estas cuestiones son muy interesantes, pero absolutamente irrelevantes para mi denuncia: la violación de la consistencia moral y del rigor linguístico por parte de gobiernos y medios de comunicación. Lo de “rigor linguistico” puede parecer una frivolidad, pero es imposible pensar con claridad sin un lenguaje preciso.

Hillary Clinton condenaba la muerte de Mostafa como “acto de violencia” y el Foreing Office británico se refería al “asesinato de civiles”. (No he encontrado ningún comunicado oficial de la UE ni del Ministerio de Asuntos Exteriores).

Yo creo que hay una manera más rigurosa de expresarse: El asesinato de Mostafá es un acto de terrorismo internacional.

El Departamento de Estado americano define así “terrorismo internacional”:

El término “terrorismo internacional” significa terrorismo que involucra a ciudadanos o territorios de más de un país;
el término “terrorismo” significa violencia premeditada, politicamente motivada, y perpetrada contra no-combatientes por parte de grupos subnacionales o agentes clandestinos,
[…]
El término “no-combatiente” se interpreta como -además de civiles- personal militar (armado, no armado o en servicio)
que no esté desplegado en una zona de guerra o similar.

[La traducción y la negrita son mías, el original en la web del Departamento de Estado.]

Ni el NYT, ni Le Monde, ni Haaretz -tres periódicos que admiro- utilizan la palabra “terrorismo” para describir el asesinato de Mostafá. Le Monde dice “atentado”, pero se guarda de acompañarlo con su adjetivo natural, el NYT habla de “ataque” y Haaretz de “muerte misteriosa”. Imaginemos que, en un intervalo de dos años, cuatro cientifícos fuesen asesinados en Nueva York, Paris o Tel Aviv. ¿Se utilizaría el mismo lenguaje?

Me aborrece el relativismo: la teocracia iraní representa todo lo contrario a mis convicciones políticas. Me siento mucho más cercano del gobierno americano o británico que de los Ayatolás & Co. Pero semejante hipocresía nacionalista, provoca naúseas:

Todo nacionalista posee la curiosa capacidad de no ver parecidos entre hechos similares. Un Tory británico defenderá la autodeterminación en Europa y se opondrá a la autodeterminación en la India sin percibir ninguna inconsistencia. Las acciones se juzgan, buenas o malas, no por sus propios méritos, sino por quién las realiza. No hay ningún tipo de barbaridad -tortura, uso de rehenes, trabajos forzados, deportaciones masivas, prisión sin juicio, falsedades, asesinatos, bombardeo de civiles- que no pueda justificarse cuando son cometida por “los nuestros”.

[“Notas sobre el nacionalismo“, George Orwell, 1945]

Regreso al Cairo un año después

Tuve la fortuna de vivir el 18 de Febrero de 2011 en la plaza Tahrir del Cairo. Mubarak había dimitido en la tarde del día 11, así que el 18 era el primer viernes que Egipto podía celebrar sin el dictador.

En Cambridge, yo había pasado varias semanas pegado al live-streaming de Al-Jazeera, embriagado por la sensación de ser testigo de tiempos históricos. Minutos después de que Omar Suleiman anunciara la renuncia de Mubarak, las televisiones de todo el mundo nos mostraron egipcios bailando, llorando y abrazándose. Surgió entonces la cuestión inevitable: ¿Alberto, porqué no lo estás viviendo en persona?

El aeropuerto del Cairo seguía abierto, no necesitaba visado y el trabajo me permitía tomar unas semanas libres sin previo aviso. Y sobre todo, era quizás la única oportunidad que la vida me brindaba para respirar una atmósfera semejante.

Trabajar para la Universidad de Cambridge concede sorprendentes ventajas, así que, apenas unas horas después de planear el viaje, ya tenía contactos fiables en Cairo. Y allí fui. Volví a visitar Cairo el pasado diciembre, y entonces conocí también a españoles fascinantes (y a un colombiano muy despierto).

En el año que ha transcurrido desde que comenzaron las revueltas en el mundo árabe, he intentado estudiar bastantes análisis y opiniones. En los próximos posts, me gustaría exponer las ideas que encuentro más estimulantes.

Cómo ésta es la primera entrada de la serie, permitidme comenzar presentando a dos personas que conocí aquel 18 de Febrero en la plaza Tahrir. Con todos ustedes, Ahmed y Rama, -sentados sobre un M1 Abrams-.

Ellos nunca se acordarán de mí. Fuí, por un instante, el tipo raro que les sacaba a lengua mientras tomaba una foto. Un instante después, había desaparecido de sus universos. Yo, cada vez que escucho hablar de Egipto, me acuerdo de estos dos mocosos.

Ahmed y Rama también me recuerdan algo que olvido con facilidad. Cuando discutimos sobre sistemas de gobierno, modelos económicos y estructuras sociales, tendemos a olvidar que lo único importante son los Ahmeds y las Ramas. Los grandes debates políticos son apasionantes y complejos, y por eso, repletos de juicios emocionales, dogmáticos, intolerantes, irracionales, románticos y alejados de la realidad.

Lo importante no es que el mundo demuestre que nosotros teníamos la razón.

Lo importante es que las decepciones y sufrimientos de Ahmed y Rama sean los inevitables en una vida humana, y no consecuencia de la estupidez de la sociedad en que vivieron.

Notas de un finde en Wrocław

[Copia de un email que envié a mis amigos el 30 de Agosto de 2010]

#1.- En el vuelo de Ryanair, las azafatas venden (por este orden): periódicos, refrescos, pizzas, café, colonias, cigarrillos sin humo y tarjetas rasca-rasca. Mi propuesta: no dejen las cosas a medias, y cambien las azafatas por pescaderas. “Niña, ¡pero mira que merluza más fresca traigo!”.

#2.- El único sitio abierto para cenar en el centro de Worcław es un Kentucky Fried Chicken. Del “Pacto de Varsovia” al “Menú Búfalo de Alitas Picantes”. Delicioso.

#3.- En el hotel, turistas franceses quejándose. Tautología. En el hotel, turistas franceses.

#4.- La camarera me cuenta que hizo un Erasmus en Sevilla. Hecho curioso: el castellano, hablado con acentos polaco y andaluz a la vez, suena como a gallego. O quizás, era de Vigo, rubia y vacilona.

#5.- La plaza está repleta de carteles conmemorando a Lech Walesa. Líder sindicalista soviético del metal y amigo íntimo del Papa Wojtyla, que transformó un estado comunista al capitalismo. Ironías del materialismo histórico.

#6.- En la estación de tren, un grupo de chicos judíos que han venido a visitar Auschwitz. Al menos, esta vez podrán viajar sentados.

#7.- Los polacos son gentes relajadas. Con Alemania de un lado y Rusia del otro, si te tomas las cosas muy a pecho, te acabarías llevando un disgusto.

#8.- Esta es la ciudad de Nicolás Copernico. El astrónomo que descubrió, en el siglo XV, que la Tierra gira alrededor del Sol. Aquí seguimos Nicolás, orbitando. Y que dure.

#9.- La avenida principal de Wrocław se llama Oławska. Les pregunto porque no le pusieron Castełłanska. No pillan el chiste.

#10.- Siniestro Total por la megafonía del Zara de la calle Krawiecka. Propongo actualizar el panteón nacional. Olvidemos a Santiago Matamoros. Adoremos a Amancio Vendetelas.

#11.- Boda de italiano con polaca. La Mamma hace saber que hubiese preferido una nuera italiana. Daños colaterales de la Europa sin fronteras.

#12.- Boda de italiano con polaca. Tratando de suavizar la situación, le explico a la Mamma que, volteando la “p” de “polonia”, te queda “bolonia”. Mirado con la perspectiva adecuada, todo queda en casa. No le hace ni buta gracia.

#13.- Boda de italiano con polaca. “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el vodka”. Estos curas del Este no fueron al mismo seminario que Rouco.

#14.- Boda de italiano con polaca. En la cena, los italianos de un lado, los polacos del otro, y en el centro nuestra mesa: un americano, un iraní, un sueco y un español. Estuvimos toda la noche intentando recordar el chiste.

#15.- Boda de italiano con polaca. Nuestro amigo Sarfraz posee las dos características que te permiten disfrutar de un tratamiento VIP en cualquier aeropuerto del mundo: ser físico nuclear y ser iraní.

#16.- Boda de italiano con polaca. Lo malo de ser el único español es que mis imitaciones del Risitas, con el diente fuera, no hacen gracia. Naufraga mi único talento lúdico festivo.

#17.- Boda de italiano con polaca. Abuela italiana, visiblemente perjudicada, que se levanta y propone un brindis por Don Silvio. Español, aún más perjudicado, que toma el relevo y propone un brindis por que Don Silvio le organize su despedida de soltero.

#18.- Boda de italiano con polaca. Vodkas más tarde, recuerdo una enseñanza de mi amigo Fran, el filósofo. “Albertito, hormonamos a los quince, y ahí seguimos”.

#19.- Boda de italiano con polaca. El peligro de venirte arriba: desafías a chupitos al tío Jurek. El tío Jurek dice ser minero en Lodtz, pero podría pasar por foca monje en el Báltico.

#20.- Momento Sicilia: Sicilia mete las llaves dentro de la taquilla y cierra el candado. Momento recepción: “Disculpe, no tenemos copias de la llaves de los candados”. Momento aterriza-como-puedas: Sicilia desmontando una taquilla metálica a destornillador y tenazas, una hora antes de que salga el avión.